Día 1.

Un mundial es una cosa hermosa. Para que entiendan. Uno se encuentra, si tiene facha, con decenas de mujeres a lo largo de la vida pero solo se enamora de unas pocas. El mundial es lo mismo. Debemos pasar por varios campeonatos locales, cada vez más pobres de fútbol para que cada cuatro años llegue la verdadera fiesta y aparezcan las publicidades exitistas, las figuritas y el celeste y blanco por todos lados.

A diferencia de varios de nuestros amigos, nosotros no nos vamos a Brasil, pero tampoco deseamos que se les caiga el avión, que se les funda el motorhome ni nada de esas cosas por las que un amigo contrató a una vieja que hace vudú.  Nosotros nos quedamos a hacer patria y a ver el mundial desde acá, mientras laburamos, nos bancamos (los que tienen) a sus novias y esposas y planeamos asados para cada partido. 

Estos somos nosotros: Nacho, Javier, Davo, Daniel y el hombrecito con gomas del grupo, Florencia.

Día 2.
El mundial comienza el jueves, estamos a martes. Hay que buscar casa para verlo. Ofrezco la mía. Vivo solo, me quebré hace dos meses. Tengo tiempo para comprar la bebida y la comida. Único problema. Al ser departamento no hay churrasquera ni chulengo que nos salve. Encima sacamos cuenta y el primer partido de Argentina coincide con el día del Padre. Los de la FIFA nos quieren cortar las piernas haciéndonos elegir entre algo tan sagrado como la familia o los amigos. Otro problema más: somos todos periodistas y algunos no saben aún en qué horario trabajan ese domingo 15 de junio.

Surge el primer problema. Rara vez un llamado a las 11 de la mañana o a las 2 de la madrugada puede traer buenas noticias. Nacho pasa a colaborar en un mix raro de Sociedad y Deportes. Le toca trabajar el primer partido y hacer una crónica de cómo se vive en un bar. Solución: nos vamos todos a un bar y a empezar a imaginar como lo solucionamos para el segundo partido de Argentina. Podemos estar contra la pared pero siempre se nos ocurre algo. Qué lindo ser argentino.

Día 3. La presentación

Llegó el día de saber quienes integramos el grupo. En realidad ya nos conocemos todos. Nacho es nuestro pequeño Juan, grandote pero bueno. El tipo que le pone alegría a todo, excepto al fútbol y a la play, donde nos puede dar miedo. Davo es nuestro creativo. Hijo ilegítimo del pájaro Caniggia y amigo de ucranianos, es una serie amenaza en el fútbol. Dani, para algunos es un maníaco. Fue el que mejor la hizo ya que se quebró antes del mundial. Era una seria amenaza para ir por Romero. Javier: el capitán del equipo, excepto en el fútbol. No le llama la atención, pero si hay joda, él siempre le pone el hombro. No podía faltar. Por último, la damisela, Florencia. Única integrante de la mesa de los galanes (?). Su desafío será lograr imponerse en un grupo de hombres.

La primera, que se tomó en serio lo de la presentación fue Florencia. Si bien quisimos ponerla a lavar los platos, ella insiste en ver los partidos.

"Romper estereotipos y esquemas no es tarea fácil. Especialmente si todavía existen personas que se empeñan en estigmatizar al sexo femenino. Soy mujer y amo el fútbol. Sí, soy de esas que se ponen la camiseta XL, las zapatillas y parten a la cancha sola, con el viejo o con quien se encuentre. Aliento, canto, me quejo, puteo, aplaudo, tiemblo de emoción, me río, lloro y, claro, también me paro con los brazos extendidos para “llamar la atención del árbitro” cuando hay falta. Todo esto sólo lo sé hacer en una cancha, porque me siento cómoda, como en mi lugar, porque es allí donde no se diferencian hombres de mujeres, ni estratos sociales o nivel cultural o intelectual. El estadio debe ser el único lugar del planeta donde todos somos verdaderamente iguales. El motivo es sencillo: las pasiones unen.

Con la crianza paterna, era muy difícil no salir futbolera. La primera camiseta que tuve, la recibí a los 5 años y tenía estampado el número 7 de la “Chancha” Mazzoni, parte del plantel del Rojo del ‘94. Por este motivo, como la mayoría acostumbra en estos días, cuento horas, minutos y segundos para el silbato inicial que marque el comienzo de uno de los momentos más esperados.

Los primeros recuerdos que tengo de la Copa del Mundo pertenecen a Francia ’98. En lugar de apretarle la mano a mi papá que sujetaba la mía con claro nerviosismo, lo solté, fui a mi habitación, me arrodillé sobre la cama, apoyé mis brazos en la ventana y empecé a rezar.

No estaba dando resultado, desde la cocina me llegaba el gimoteo de mi papá mientras la voz del relator señalaba que Crespo había fallado desde los doce pasos. Cerré los ojos con fuerza y apreté las manos: dicen que Dios escucha primero las plegarias de los niños. Bueno, ahí estaba esa nena de 9 años pidiendo ganar una batalla cuyo precedente había sido sentado en el ’82 con mi viejo entre los titulares.
Las oraciones dieron sus frutos: pasamos a cuartos. El resto? El resto no importa, ese es mi primer recuerdo mundialista y lo atesoro como a mi primera camiseta y como a aquel hormigueo que me recorrió la espalda la primera vez que pisé el Gargantini.

Señores, señoras, el Mundial es para todos y todas. No, no todas vamos de compras aprovechando los descuentos de la época como muchos señalan en comentarios o medios de comunicación y no, no todas preferimos juntarnos a interpretar a las “anti-fútbol”. Algunas estamos pensando en el asado y el fernet, en la picada y en la cervecita helada con los amigos acomodados en un sillón, puteando y gritando goles codo a codo, de igual a igual porque, afortunadamente, en algunos grupos compuestos íntegramente por “galanes” siempre hay espacio para una voz femenina, para ese “hombrecito con gomas” inseparable de unos pibes que saben demasiado de fútbol y la vida. Salud Dani, Nacho, Javi y Davo. Feliz Mundial para todos".